Efectuar una “devolución” no equivale a hacer una crítica ni a ofrecer una interpretación más o menos erudita de dicha obra. Sin desdeñar la importancia de la crítica y admitiendo el papel “formativo” que ella cumple en nuestro oficio escénico, es claro, no obstante, que el valor de un determinado trabajo escénico no sólo depende de la excelencia de sus formas, sino también del mayor o menor grado en que tal trabajo transgreda -de modos no siempre intencionales- las normas de juicio establecidas. Por otro lado, si una interpretación discursiva de una obra dada aspira a desentrañar la “verdad” de esta última, no es difícil constatar que tal intento siempre dejará fuera un resto insistente que el discurso descriptivo o explicativo no alcanzará a cubrir. Consecuentemente, una “devolución” que pretenda dialogar con los realizadores de un espectáculo dado, debería dejar de lado toda escala de valores a priori y renunciar a una “lectura” exhaustiva y totalizadora de la obra bajo consideración. Esto pretende, esta curiosa práctica llamada “devolución”.